Durante el año 2010, según estadísticas de la OMS, la malaria produjo 219 millones de casos clínicos y mató 660,000 personas, la mayoría niños africanos pobres. La comercialización de medicamentos tiene que ser una opción secundaria al desarrollo de vacunas para prevenir la enfermedad, aunque ello suponga una disminución de las utilidades que obtiene la industria farmacéutica por este concepto.
viernes, 11 de mayo de 2012
Una vida de lucha contra la malaria
Granada | Universidad | Viernes, 11/05/12 11:42
Manuel Patarroyo, creador de la primera vacuna contra la malaria, visitó Granada invitado por Manos Unidas y el seminario J.H. Newam
Susana Martín Herrero Foto: Álex Cámara
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La Facultad de Medicina de Granada ha sido sede de la conferencia ofrecida por el creador de la primera vacuna contra la malaria, Manuel Elkin Patarroyo. El investigador colombiano visitó Granada invitado por Manos Unidas y el seminario de estudios J.H. Newam para hablar sobre la importancia que la investigación científica tiene para los países en vías de desarrollo.
Patarroyo ha explicado su visión cristiana de la ciencia según la cual “si todos desconocemos hacia dónde camina la evolución, todos estamos en la obligación de ayudarnos”. Su aportación en este sentido es una vida entera dedicada a encontrar lo que él mismo denomina “una metodología lógica para el desarrollo de la vacuna” que en su caso será para la malaria, pero que abrirá el campo al resto de los investigadores para desarrollar de forma sintéticas las vacunas que terminen con otras muchas patologías.
Manuel Elkin Patarroyo dio con una primera vacuna para contra la malaria en el año 1986. Pero lo que se demostró eficaz en el entorno en el que se había producido las investigaciones, no lo era tanto en otros países. Entraba en juego la variabilidad genética de los individuos a los que se inyectaba la vacuna. Treinta años después Patarroyo está mucho más cerca de encontrar la solución, tras averiguar, con su equipo de investigadores las variaciones que sufría el polímero que se adhiere a los glóbulos rojos y los infecta.
Para ello han sido necesario conocer, primero las moléculas implicadas en la infección, después los átomos, y por último las cargas eléctricas capaces de invertir la polaridad de los componentes. Cifras de ensayo y error capaces de hundir la moral de cualquiera, salvo de quien está decidido a entregar su vida a este proyecto.
Elkin Patarroyo lo tiene claro. “Hacer vacunas no es soplar y hacer una botella” afirma. En una ocasión la Reina Doña Sofía le pregunto qué faltaba para encontrar la vacuna, a lo que Patarroyo contestó “treinta años más, señora”.
Puede que no haga falta tanto. El próximo mes de junio el científico promete nuevas publicaciones que demostrarán que está muy cerca de la solución. La investigación se ha desarrollado en dos etapas de la infección. Tras la picadura del mosquito que propaga la malaria, mientras está en el torrente sanguíneo y, una vez que llega al hígado, momento en el que comienza a mutar. Es la primera fase, la de la larva, la que aún requiere un buen número de análisis, pero Patarroyo se muestra convencido de estar en el camino correcto. Al fin y al cabo la malaria es un problema de salud mundial, que causa un millón y medio de muertes al año, pero cuyos índices de morbilidad son aún mayores. El trabajo de este investigador es ya un privilegio para la humanidad.
miércoles, 25 de abril de 2012
Países se disputan a muerte la carrera por la vacuna antimalaria
Por: CARLOS FRANCISCO FERNáNDEZ | 11:03 p.m. | 24 de Abril del 2012
En la puja por la vacuna antimalaria todo vale
Pese a los reveses, Patarroyo persiste en la vacuna sintética.
Foto: EFE
Colombia, en la carrera por lograr la vacuna que protegería a la mitad de la población mundial.
A la competencia por producir una vacuna contra la malaria no solo la alimentan propósitos altruistas. Inmunizar al organismo contra el parásito plasmodium, que en el 2010 afectó a 216 millones de personas y mató a 655 mil, convertiría a la mitad de la humanidad, hoy en riesgo, en cliente potencial de quien llegue primero a esta meta.
"Detrás del desarrollo de esta vacuna están los más altos intereses económicos, y ligados a ellos, los políticos", advierte Ismael Roldán, exdecano de la facultad de Medicina de la Universidad Nacional.
Esta carrera, que se disputa a muerte y en la que se vale todo, empezó el 13 de mayo de 1969. Ese día, la revista Nature anunció que se podía obtener inmunidad contra la malaria si la gente era picada por mosquitos infectados con el parásito, que habían sido expuestos a rayos X. El método fue descartado, pues cada persona necesitaba 1.500 picaduras.
Por esa época el desplazamiento del ejército norteamericano a las zonas tropicales hizo de la búsqueda de una vacuna para proteger a las tropas, una prioridad político-militar.
Era la época de la Guerra del Vietnam, de la Guerra Fría, y cientos de millones de dólares, aportados por las fundaciones Rockefeller, McArthur, Kelloggs, la USAID y el mismo ejército, eran girados para financiar la investigación en Estados Unidos, que no era la única nación interesada. Por razones históricas, Inglaterra convirtió esta enfermedad en uno de sus portaestandartes e involucró a la prestigiosa London School of Tropical Medicine, a las universidades de Oxford y Liverpool, y al Medical Research Council. Francia ingresó en el partidor con su Instituto Pasteur, y las universidades de Lille y Montpellier.
Italia hizo lo propio con la Universidad de Roma, al igual que Australia. En fin, todo aquel con poder, dinero y un pie en el trópico entró en la carrera por lograr una vacuna contra la malaria, con el apoyo decidido de sus gobiernos.
"No es para menos. Tener una vacuna significaba una posibilidad de vida y salud para más de 300 millones de personas afectadas por esta enfermedad cada año", dice el inmunólogo colombiano Manuel Elkin Patarroyo.
Cada grupo en pugna puso todos los huevos en la canasta de la investigación biológica, que consistía en inyectar en el cuerpo moléculas recombinantes o material genético causante de la enfermedad, para generar defensas contra ella en el organismo. Era lo esperado: con base en este principio han sido creadas la mayoría de las vacunas.
Por la misma época, sin embargo, Patarroyo, aliado con la Universidad de Estocolmo y asesorado por los profesores Henry Kunkel y Bruce Merrifield (Premio Nobel de Química en 1984), tomó la vía inexplorada de una vacuna sintética. Para llegar a ella, tenía que construir las moléculas en el laboratorio. Esta propuesta sumó un nuevo enfoque: la carrera ya no era solo entre grupos de investigación y laboratorios, también entre dos escuelas científicas opuestas, la biológica y la química.
En 1986, la química se ubicó un paso adelante cuando el equipo de Patarroyo ensayó en monos la primera vacuna contra la malaria diseñada en un laboratorio. El revuelo fue mayúsculo cuando en agosto de 1987, la revista Nature avaló la investigación. A nadie le cabía en la cabeza que el avance se hubiera producido en un país subdesarrollado y lejos de los templos de la ciencia y de las platas de las grandes compañías.
Apenas unos meses después, en marzo de 1988, Nature divulgó los resultados del ensayo hecho con soldados colombianos voluntarios, que tras recibir la vacuna luego fueron infectados con el plasmodium. El nivel de protección alcanzado fue del 40 por ciento.
En este punto se avivó la pelea. En un editorial, el investigador Louis Miller, de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, lanzó la primera bomba al cuestionar los parámetros éticos del trabajo de Patarroyo, porque había inoculado el parásito a soldados vacunados y a soldados sin vacunar, que constituyeron el grupo de control. Miller no se quedó ahí, y dijo que el hallazgo de Patarroyo no era "un desarrollo científico", sino "un golpe de suerte".
Carlos Francisco Fernández
Asesor médico de EL TIEMPO
En la puja por la vacuna antimalaria todo vale
Pese a los reveses, Patarroyo persiste en la vacuna sintética.
Foto: EFE
Colombia, en la carrera por lograr la vacuna que protegería a la mitad de la población mundial.
A la competencia por producir una vacuna contra la malaria no solo la alimentan propósitos altruistas. Inmunizar al organismo contra el parásito plasmodium, que en el 2010 afectó a 216 millones de personas y mató a 655 mil, convertiría a la mitad de la humanidad, hoy en riesgo, en cliente potencial de quien llegue primero a esta meta.
"Detrás del desarrollo de esta vacuna están los más altos intereses económicos, y ligados a ellos, los políticos", advierte Ismael Roldán, exdecano de la facultad de Medicina de la Universidad Nacional.
Esta carrera, que se disputa a muerte y en la que se vale todo, empezó el 13 de mayo de 1969. Ese día, la revista Nature anunció que se podía obtener inmunidad contra la malaria si la gente era picada por mosquitos infectados con el parásito, que habían sido expuestos a rayos X. El método fue descartado, pues cada persona necesitaba 1.500 picaduras.
Por esa época el desplazamiento del ejército norteamericano a las zonas tropicales hizo de la búsqueda de una vacuna para proteger a las tropas, una prioridad político-militar.
Era la época de la Guerra del Vietnam, de la Guerra Fría, y cientos de millones de dólares, aportados por las fundaciones Rockefeller, McArthur, Kelloggs, la USAID y el mismo ejército, eran girados para financiar la investigación en Estados Unidos, que no era la única nación interesada. Por razones históricas, Inglaterra convirtió esta enfermedad en uno de sus portaestandartes e involucró a la prestigiosa London School of Tropical Medicine, a las universidades de Oxford y Liverpool, y al Medical Research Council. Francia ingresó en el partidor con su Instituto Pasteur, y las universidades de Lille y Montpellier.
Italia hizo lo propio con la Universidad de Roma, al igual que Australia. En fin, todo aquel con poder, dinero y un pie en el trópico entró en la carrera por lograr una vacuna contra la malaria, con el apoyo decidido de sus gobiernos.
"No es para menos. Tener una vacuna significaba una posibilidad de vida y salud para más de 300 millones de personas afectadas por esta enfermedad cada año", dice el inmunólogo colombiano Manuel Elkin Patarroyo.
Cada grupo en pugna puso todos los huevos en la canasta de la investigación biológica, que consistía en inyectar en el cuerpo moléculas recombinantes o material genético causante de la enfermedad, para generar defensas contra ella en el organismo. Era lo esperado: con base en este principio han sido creadas la mayoría de las vacunas.
Por la misma época, sin embargo, Patarroyo, aliado con la Universidad de Estocolmo y asesorado por los profesores Henry Kunkel y Bruce Merrifield (Premio Nobel de Química en 1984), tomó la vía inexplorada de una vacuna sintética. Para llegar a ella, tenía que construir las moléculas en el laboratorio. Esta propuesta sumó un nuevo enfoque: la carrera ya no era solo entre grupos de investigación y laboratorios, también entre dos escuelas científicas opuestas, la biológica y la química.
En 1986, la química se ubicó un paso adelante cuando el equipo de Patarroyo ensayó en monos la primera vacuna contra la malaria diseñada en un laboratorio. El revuelo fue mayúsculo cuando en agosto de 1987, la revista Nature avaló la investigación. A nadie le cabía en la cabeza que el avance se hubiera producido en un país subdesarrollado y lejos de los templos de la ciencia y de las platas de las grandes compañías.
Apenas unos meses después, en marzo de 1988, Nature divulgó los resultados del ensayo hecho con soldados colombianos voluntarios, que tras recibir la vacuna luego fueron infectados con el plasmodium. El nivel de protección alcanzado fue del 40 por ciento.
En este punto se avivó la pelea. En un editorial, el investigador Louis Miller, de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, lanzó la primera bomba al cuestionar los parámetros éticos del trabajo de Patarroyo, porque había inoculado el parásito a soldados vacunados y a soldados sin vacunar, que constituyeron el grupo de control. Miller no se quedó ahí, y dijo que el hallazgo de Patarroyo no era "un desarrollo científico", sino "un golpe de suerte".
Carlos Francisco Fernández
Asesor médico de EL TIEMPO
jueves, 19 de abril de 2012
sábado, 7 de abril de 2012
miércoles, 28 de marzo de 2012
Equipo de investigación de Manuel Elkin Patarroyo, en apuros económicos
¿VAMOS A PERMITIR QUE SE CIERRE EL MEJOR CENTRO DE INVESTIGACIÓN QUE TENEMOS?
!! MANIFIÉSTESE INMEDIATAMANTE !!
>> Ver Video de Caracol Noticias, Darío Arizmendi
!! MANIFIÉSTESE INMEDIATAMANTE !!
>> Ver Video de Caracol Noticias, Darío Arizmendi
viernes, 23 de marzo de 2012
Patarroyo, una vacuna revolucionaria.
>> Leer artículo en la fuente
Manuel Patarroyo presenta la más avanzada investigación médica sobre cómo obtener vacunas sintéticas para combatir no sólo la malaria sino las más de 500 enfermedades infecciosas que afectan hoy a dos terceras partes de la humanidad y causan 17 millones de muertes al año.
¿Podría resumir el decálogo para sintetizar vacunas sintéticas contra las enfermedades infecciosas?
En primer lugar hemos demostrado que las vacunas se pueden sintetizar químicamente con todas las ventajas que implica. Para poder desarrollar vacunas hay que buscar los fragmentos con los cuales los microbios se agarran a las células sanas para invadirlas y matarlas. Hemos identificado esos fragmentos y descubierto que el sistema de defensa es ciego ante estos, no nos podemos defender de ellos. Es entonces necesario transformar químicamente estas proteínas para que el sistema inmunológico cree anticuerpos que las neutralice y esa es la razón de nuestro éxito.
Sustituyendo los aminoácidos, letras con las que están escritas estas moléculas, encontramos que hay unas reglas propias de las moléculas independientemente de la enfermedad. Por ejemplo: la alanina, solo puede ser cambiado por la serina y viceversa; la proina solo por el ácido espático y viceversa y así sucesivamente.
Esto lo descubrimos a lo largo de un estudio de unos 16 años y pudimos establecer que esos cambios mantienen el volumen, la superficie, la masa e invierte la polaridad, fundamental esto último. Esto hace que la molécula sea presentada en la forma apropiada para que el sistema inmunitario sea capaz de responder y destruir ahora a los microbios.
Actualmente de 517 enfermedades infecciosas solo 17 tienen vacunas. ¿En qué se diferencia la forma en que usted propone tratar las enfermedades infecciosas respecto a cómo se tratan actualmente?
Ese dato es verídico. Actualmente se usan productos biológicos, en esencia se usa todo el microbio que causa la enfermedad, como el virus de la viruela, el virus del poleo, sarampión, rubiola… Se utiliza todo el microbio matado o mutante pero todo, nosotros al contrario reconocemos solo las partes fundamentales de su estructura química identificando cuáles son esos fragmentos, modificándolos y sintetizándolos químicamente.
Antes se funcionaba a base de ensayo y error. Ahora conocemos la estructura química de la mayoría de los microbios y tenemos unas reglas, unos principios que minimizan el ensayo. Sabiendo que podemos cambiar la alanina por la serina y demás reglas el trabajo se simplifica enormemente. Ésta es una aproximación mucho más lógica y más zonal. Se simplifican los pasos enormemente. Conociendo el genoma del microbio podemos averiguar muy fácilmente cuales son las moléculas involucradas en la invasión. Aquí no tenemos ni estructura ni presupuesto para los ensayos con todos los microbios, ese trabajo le corresponde ya a otros laboratorios que si tienen infraestructura. Nosotros queremos que se conozcan, simplifiquen y aceleren los procesos para poder sintetizar vacunas para el resto de enfermedades infecciosas.
La prensa se ha hecho eco de la noticia pero ha hecho un llamamiento a la prudencia ¿Cuáles son los resultados de la investigación?
Si se tratase únicamente de un hallazgo químico sería importantísimo en sí mismo, pero es que si nosotros llegamos a esta conclusión es porque ya hemos experimentado en animales, no especulamos. Lo hemos comprobado en monos Aotus vacunándolos con los fragmentos modificados de las principales proteínas del parásito “Plasmodium falciparum” causante de la enfermedad con un sistema yo diría bastante “violento”. Porque primero vacunamos al mono y después se les inocula por vía intravenosa el parásito. Ese es un método bastante fuerte. Por ejemplo: a un humano le pica un mosquito y le introduce 1000 parásitos nosotros le inyectamos por vena 100 veces más al mono. Además tenemos la fortuna de tener acá en Colombia el mono Aotus, especie amazónica que tiene un sistema de defensas prácticamente igual al humano, un 95% idéntico. La vacuna de la malaria funciona con éxito en monos en más el 90% de los casos. Estamos, por todo lo explicado, muy seguros de los resultados. La experiencia con la vacuna anterior nos mostró que el mono nunca dice mentiras, si tenemos una capacidad prescriptiva como pasó en la anterior vacuna del 30 al 40 % en los monos ocurre lo mismo en humanos.
Tanta llamada a la prudencia por parte de los medios ¿tiene que ver con que sus conclusiones perjudican de alguna manera a la industria millonaria de los antibióticos?
No tengo esa impresión. Supe que dos o tres connotados científicos españoles hicieron un llamamiento a la prudencia, lo cual a mí me parece muy correcto, yo no lo critico. Tenemos un concepto; ya tenemos un método a través de la síntesis química y tenemos unos resultados: la vacuna de la malaria funciona con éxito en monos en más el 90% de los casos. Todo no son resultados, resulta imposible, les corresponde a otros desarrollar las investigaciones. No entro al trapo en demás polémicas.
Estas investigaciones comienzan hace 33 años. ¿En cuántos años calcula que se podrá probar en personas?
Esperamos empezar los ensayos con humanos para la vacuna de la malaria para junio del año que viene. Quiero entregarla lo más rápido posible sin lugar a dudas pero odio hablar de fechas. Dese cuenta que muchas veces se presentan imponderables. Hace 22 años creímos haber encontrado la respuesta. Pero como el sistema inmunitario es ciego a estos fragmentos estuvimos 7 años totalmente perdidos dándole vueltas y vueltas al problema hasta que se me ocurrió modificarlas químicamente. Sintetizamos 38.000 moléculas, realizamos cerca de 4.000 ensayos en monos revisando cada día en 10.000 glóbulos rojos de cada mono si había o no el parásito sólo para llegar a esa conclusión. Nadie puede decir que no hemos sido prudentes en nuestro trabajo.
¿Qué ventajas tienen las vacunas sintéticas sobre las biológicas?
Las ventajas son enormes. Las vacunas sintéticas como son químicamente producidos siempre obtiene el mismo producto a diferencia de las vacunas biológicas en las que puede ocurrir que en la producción de la vacuna el lote quinientos sea diferente al lote uno porque el microbio haya mutado. De hecho ha sucedido varias veces. Los microbios mutan para bien o para mal. Otra ventaja es que se puede producir en grandes cantidades y es baratísima. Los costos son muy bajos y son productos químicamente estables, que se pueden conservar a temperatura ambiente. A diferencia de las vacunas biológicas no se degradan.
¿Son una alternativa entonces para todos aquellos países con menos recursos para costearse vacunas biológicas?
La producción es muy barata. Claro que es una alternativa, por ejemplo aplicar la vacuna del papiloma que es biológica cuesta de de 200 a 300 euros, nuestro objetivo es que nunca llegue a costar un euro, porque los costos ya están cubiertos. La diferencia es monstruosa. El costo real tampoco es demasiado comparado con los miles de millones que invierte hoy la UE, a lo largo de estos 33 años he recibido de Colombia y España aproximadamente unos 32millones de euros, casi 1 millón de euros al año. Con ese dinero hemos construido dos institutos, educado a cerca de 1000 investigadores en Colombia, además de financiar todas las investigaciones y ensayos.
¿Quiere añadir algo más?
Mi gratitud a España entera por la colaboración. Venimos recibiendo apoyo de España desde 1989 y han sido muy generosos hasta hoy. He tenido todo el apoyo lo cual me compromete con el pueblo español.
Por Sara Montero 1-7-2011
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