Durante el año 2010, según estadísticas de la OMS, la malaria produjo 219 millones de casos clínicos y mató 660,000 personas, la mayoría niños africanos pobres. La comercialización de medicamentos tiene que ser una opción secundaria al desarrollo de vacunas para prevenir la enfermedad, aunque ello suponga una disminución de las utilidades que obtiene la industria farmacéutica por este concepto.
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miércoles, 22 de agosto de 2012
martes, 21 de agosto de 2012
Editorial: Prácticas antiéticas, al desnudo
Por: EDITORIAL | 7:48 p.m. | 20 de Agosto del 2012
La industria farmacéutica debe entender que su naturaleza exige un respeto absoluto por la salud y la vida, y no poner por encima de ellas sus rendimientos financieros.
>> Leer artículo en EL TIEMPO
Fotografía de archivo particular.
Las grandes farmacéuticas del mundo han tenido que reconocer, en los últimos meses, ser autoras de prácticas ilegales y antiéticas por cuenta de las cuales enfrentaban procesos que terminaron en acuerdos extrajudiciales y multas millonarias para evitar mayores complicaciones.
Hace apenas unas semanas, Glaxo Smith Kline tuvo que pagar 3.000 millones de dólares por estimular durante años la prescripción en niños de un antidepresivo que solo estaba aprobado para adultos, también por recomendar un fármaco para enfermedades sobre las que no tenía efectos demostrados y por ocultar los riesgos de otro de sus medicamentos para la diabetes.
En mayo, Abott tuvo que pagar, en una conciliación similar, una multa cercana a los 1.500 millones de dólares por recomendar que un medicamento para la epilepsia fuera utilizado para el manejo de enfermedades en las cuales su eficacia no había sido probada. Con un agravante: al parecer el laboratorio habría estimulado con dádivas y sobornos a médicos para que lo formularan.
Y aunque Pfizer, otro grande, había acordado pagar hace tres años una multa cercana a los 2.000 millones de dólares por la promoción fraudulenta de 13 de sus medicamentos, el 8 de agosto se supo que esta farmacéutica concilió con el Departamento de Justicia de EE. UU. otra cercana a los 60 millones de dólares por sobornar a médicos, reguladores y funcionarios en el extranjero, particularmente de China y Europa. Por esta misma razón, Johnson & Johnson ya había pagado una multa de 70 millones de dólares.
Aunque de este modo las compañías se ponen 'al día' en materia judicial, son escalofriantes las implicaciones que en términos de salud entrañan estas acciones, pues los protagonistas de estos escándalos son medicamentos que consumen, en forma masiva, seres humanos de carne y hueso. Ningún fármaco, por benéfico que parezca, está exento de efectos colaterales que incluso pueden afectar a quienes lo necesitan.
Prácticas como recetar medicamentos a gente que no los requiere, prolongar los tratamientos más allá de lo debido, incrementar las dosis injustificadamente, recomendarlos para dolencias frente a las cuales no son eficaces o, peor aún, inventarse enfermedades donde no las hay, hacen parte de una perversa estrategia que busca vender más, a expensas de la salud de las personas.
Por supuesto, tampoco ayuda el hecho de que muchos investigadores olvidan mencionar en los artículos donde dan a conocer sus resultados, quién los financia. Es antiético que los trabajos que anuncian efectos benéficos de un fármaco no referencien, con claridad, quiénes los pagaron, mucho más si entre quienes aportaron recursos está la empresa fabricante.
Se sabe que algunas casas farmacéuticas han creado revistas o publicaciones de corte científico que solo divulgan artículos que resultan ser propaganda para sus productos. Algunos ya han sido señalados con nombre propio y castigados. Esto no solo exige una celosa vigilancia por parte de autoridades sanitarias de todo el mundo, también demanda una necesaria autorregulación de los médicos, que son los llamados a llevar a la práctica los rigurosos códigos de ética que definan los límites que su profesión debe tener con los laboratorios.
En medio de todo está la salud de la humanidad. La industria, por su parte, debe entender de una vez por todas que su naturaleza exige un respeto absoluto por la salud y la vida, en lugar de poner por encima de ellas sus rendimientos financieros. Se trata de una práctica criminal que no se resuelve pagando multas con dineros que han salido de sus propios fraudes. Y eso es doblemente grave.
editorial@eltiempo.com.co
Malaria: 3000 muertos por día
La industria farmacéutica debe entender que su naturaleza exige un respeto absoluto por la salud y la vida, y no poner por encima de ellas sus rendimientos financieros.
>> Leer artículo en EL TIEMPO
Fotografía de archivo particular.
Las grandes farmacéuticas del mundo han tenido que reconocer, en los últimos meses, ser autoras de prácticas ilegales y antiéticas por cuenta de las cuales enfrentaban procesos que terminaron en acuerdos extrajudiciales y multas millonarias para evitar mayores complicaciones.
Hace apenas unas semanas, Glaxo Smith Kline tuvo que pagar 3.000 millones de dólares por estimular durante años la prescripción en niños de un antidepresivo que solo estaba aprobado para adultos, también por recomendar un fármaco para enfermedades sobre las que no tenía efectos demostrados y por ocultar los riesgos de otro de sus medicamentos para la diabetes.
En mayo, Abott tuvo que pagar, en una conciliación similar, una multa cercana a los 1.500 millones de dólares por recomendar que un medicamento para la epilepsia fuera utilizado para el manejo de enfermedades en las cuales su eficacia no había sido probada. Con un agravante: al parecer el laboratorio habría estimulado con dádivas y sobornos a médicos para que lo formularan.
Y aunque Pfizer, otro grande, había acordado pagar hace tres años una multa cercana a los 2.000 millones de dólares por la promoción fraudulenta de 13 de sus medicamentos, el 8 de agosto se supo que esta farmacéutica concilió con el Departamento de Justicia de EE. UU. otra cercana a los 60 millones de dólares por sobornar a médicos, reguladores y funcionarios en el extranjero, particularmente de China y Europa. Por esta misma razón, Johnson & Johnson ya había pagado una multa de 70 millones de dólares.
Aunque de este modo las compañías se ponen 'al día' en materia judicial, son escalofriantes las implicaciones que en términos de salud entrañan estas acciones, pues los protagonistas de estos escándalos son medicamentos que consumen, en forma masiva, seres humanos de carne y hueso. Ningún fármaco, por benéfico que parezca, está exento de efectos colaterales que incluso pueden afectar a quienes lo necesitan.
Prácticas como recetar medicamentos a gente que no los requiere, prolongar los tratamientos más allá de lo debido, incrementar las dosis injustificadamente, recomendarlos para dolencias frente a las cuales no son eficaces o, peor aún, inventarse enfermedades donde no las hay, hacen parte de una perversa estrategia que busca vender más, a expensas de la salud de las personas.
Por supuesto, tampoco ayuda el hecho de que muchos investigadores olvidan mencionar en los artículos donde dan a conocer sus resultados, quién los financia. Es antiético que los trabajos que anuncian efectos benéficos de un fármaco no referencien, con claridad, quiénes los pagaron, mucho más si entre quienes aportaron recursos está la empresa fabricante.
Se sabe que algunas casas farmacéuticas han creado revistas o publicaciones de corte científico que solo divulgan artículos que resultan ser propaganda para sus productos. Algunos ya han sido señalados con nombre propio y castigados. Esto no solo exige una celosa vigilancia por parte de autoridades sanitarias de todo el mundo, también demanda una necesaria autorregulación de los médicos, que son los llamados a llevar a la práctica los rigurosos códigos de ética que definan los límites que su profesión debe tener con los laboratorios.
En medio de todo está la salud de la humanidad. La industria, por su parte, debe entender de una vez por todas que su naturaleza exige un respeto absoluto por la salud y la vida, en lugar de poner por encima de ellas sus rendimientos financieros. Se trata de una práctica criminal que no se resuelve pagando multas con dineros que han salido de sus propios fraudes. Y eso es doblemente grave.
editorial@eltiempo.com.co
Malaria: 3000 muertos por día
lunes, 13 de agosto de 2012
ASÍ FUNCIONA LA FARMAFIA
Posted on 11 agosto, 2012
>> Ler artículo en The Zarramonza Inquirer
Veámoslo a través de un ejemplo, con esta carta al director de la revista Discovery DSALUD, publicada el año 2005:
“Sr. Director: el pasado 1 de diciembre estuvo en La Coruña el médico e investigador colombiano Manuel Elkin Patarroyo (premio Príncipe de Asturias de investigación y autor de la primera vacuna de síntesis contra la malaria) para dar una conferencia en el Rectorado de la Universidad. Y como suele ser habitual en este tipo de eventos el ilustre conferenciante ofreció una rueda de prensa donde habló claro y rotundo: ‘Fui un alma cándida al donar mi invención a la Organización Mundial de la Salud (OMS). No volveré a repetir ese error. Sólo ha servido para que esté guardada en un cajón. Yo no estaba dispuesto a que se especulara con una medicina de pobres y para pobres, pero la OMS ha entrado en el juego de las multinacionales. Me arrepiento de lo que hice y no volveré a repetirlo.
Mis nuevas investigaciones serán para la humanidad. Lo que hice sólo sirvió para que las multinacionales hicieran una mala copia y la comercializaran a más de veinte dólares cuando la mía saldría a 25 céntimos’. Entonces se le preguntó cuántas personas se salvarían al año si la OMS comercializara y distribuyera su vacuna. ‘Más de un millón al año’, respondería. ¿Le han puesto zancadillas?, se le preguntó. ‘Siempre hay quien te pone palos en las ruedas. Hace cinco años perdí el instituto y en un mes había diez instituciones cargándose mi trabajo de veintisiete años’.
“Señor Campoy, estoy seguro de que usted y los lectores apreciarán las manifestaciones de tan ilustre personaje. Admite el Dr. Patarroyo que fue ingenuo por donar su vacuna a la OMS. Hay que creérselo. Hace bastantes años la OMS fue secuestrada por las multinacionales farmacéuticas y sólo sirve para justificar que las epidemias y pandemias existen. Hoy la salud es negocio, cotización en bolsa… y los muertos, aunque sean millones, son parte del negocio.
El terrorismo científico es negocio, las guerras e invasiones de países para saquearle sus recursos son negocio. Cuantas más epidemias, hambre, miseria y analfabetismo más esclavitud y posibilidades tienen las grandes corporaciones petroleras, químicas y farmacéuticas para desencadenar las distintas variantes de guerras criminales contra los pueblos oprimidos.
Ahí está la realidad aprovechándose de la ignorancia de las masas. Al propio doctor Patarroyo le privaron de su instituto con la complicidad de diez instituciones del ámbito de la salud a pesar de ser un premio Príncipe de Asturias… otorgado, eso sí, por un país en el cual la malaria es literatura médica, no hay consumidores ni afectados y, por tanto, no hay negocio e intereses en torno a esa pandemia en nuestro mercado farmacéutico. Por eso ha colado el premio a Patarroyo.
Pero estoy convencido de que si mañana se decidiese a investigar en nuestro país en el ámbito del SIDA o del cáncer, la Sagrada Congregación de la Fe Oncológica enviaría a dos de sus miembros a testimoniar como peritos ante cualquier tribunal tras buscarse un testaferro que le denunciase por tratarle de algún tumor invisible. Y terminaría siendo compañero de celda del Dr. Amat por investigar lo no investigable. Porque como Ud. bien sabe, el cáncer y el SIDA sí cotizan en nuestro país.
La prensa española se hizo eco hace poco de lo dicho por Mariano Barbacid sobre que hay en nuestro mercado farmacéutico nada menos que cuatrocientos cincuenta fármacos para tratar el cáncer, pero del nulo éxito de sus resultados terapéuticos y de las decenas de miles de personas que mueren cada año a pesar de ellos no dijeron ni una palabra. Saludos.”
La carta es de Manuel Guerra Ferreira de Vigo (Pontevedra), que parece tener las ideas muy clara sobre la industria farmacéutica y sus intereses reales.
Está claro que la salud es un gran negocio, en forma de enfermedades, en forma de pandemias, reales o fictíceas, como la famosa gripe A, ‘creada’ precisamente desde la propia OMS, para engordar a esas multinacionales farmacéuticas. ¿Cuál será el próximo capítulo de esta serie esperpéntica y criminal de la FARMAFIA? Próximamente en tu hogar, por mucho que te resistas…
>> Ler artículo en The Zarramonza Inquirer
Veámoslo a través de un ejemplo, con esta carta al director de la revista Discovery DSALUD, publicada el año 2005:
“Sr. Director: el pasado 1 de diciembre estuvo en La Coruña el médico e investigador colombiano Manuel Elkin Patarroyo (premio Príncipe de Asturias de investigación y autor de la primera vacuna de síntesis contra la malaria) para dar una conferencia en el Rectorado de la Universidad. Y como suele ser habitual en este tipo de eventos el ilustre conferenciante ofreció una rueda de prensa donde habló claro y rotundo: ‘Fui un alma cándida al donar mi invención a la Organización Mundial de la Salud (OMS). No volveré a repetir ese error. Sólo ha servido para que esté guardada en un cajón. Yo no estaba dispuesto a que se especulara con una medicina de pobres y para pobres, pero la OMS ha entrado en el juego de las multinacionales. Me arrepiento de lo que hice y no volveré a repetirlo.
Mis nuevas investigaciones serán para la humanidad. Lo que hice sólo sirvió para que las multinacionales hicieran una mala copia y la comercializaran a más de veinte dólares cuando la mía saldría a 25 céntimos’. Entonces se le preguntó cuántas personas se salvarían al año si la OMS comercializara y distribuyera su vacuna. ‘Más de un millón al año’, respondería. ¿Le han puesto zancadillas?, se le preguntó. ‘Siempre hay quien te pone palos en las ruedas. Hace cinco años perdí el instituto y en un mes había diez instituciones cargándose mi trabajo de veintisiete años’.
“Señor Campoy, estoy seguro de que usted y los lectores apreciarán las manifestaciones de tan ilustre personaje. Admite el Dr. Patarroyo que fue ingenuo por donar su vacuna a la OMS. Hay que creérselo. Hace bastantes años la OMS fue secuestrada por las multinacionales farmacéuticas y sólo sirve para justificar que las epidemias y pandemias existen. Hoy la salud es negocio, cotización en bolsa… y los muertos, aunque sean millones, son parte del negocio.
El terrorismo científico es negocio, las guerras e invasiones de países para saquearle sus recursos son negocio. Cuantas más epidemias, hambre, miseria y analfabetismo más esclavitud y posibilidades tienen las grandes corporaciones petroleras, químicas y farmacéuticas para desencadenar las distintas variantes de guerras criminales contra los pueblos oprimidos.
Ahí está la realidad aprovechándose de la ignorancia de las masas. Al propio doctor Patarroyo le privaron de su instituto con la complicidad de diez instituciones del ámbito de la salud a pesar de ser un premio Príncipe de Asturias… otorgado, eso sí, por un país en el cual la malaria es literatura médica, no hay consumidores ni afectados y, por tanto, no hay negocio e intereses en torno a esa pandemia en nuestro mercado farmacéutico. Por eso ha colado el premio a Patarroyo.
Pero estoy convencido de que si mañana se decidiese a investigar en nuestro país en el ámbito del SIDA o del cáncer, la Sagrada Congregación de la Fe Oncológica enviaría a dos de sus miembros a testimoniar como peritos ante cualquier tribunal tras buscarse un testaferro que le denunciase por tratarle de algún tumor invisible. Y terminaría siendo compañero de celda del Dr. Amat por investigar lo no investigable. Porque como Ud. bien sabe, el cáncer y el SIDA sí cotizan en nuestro país.
La prensa española se hizo eco hace poco de lo dicho por Mariano Barbacid sobre que hay en nuestro mercado farmacéutico nada menos que cuatrocientos cincuenta fármacos para tratar el cáncer, pero del nulo éxito de sus resultados terapéuticos y de las decenas de miles de personas que mueren cada año a pesar de ellos no dijeron ni una palabra. Saludos.”
La carta es de Manuel Guerra Ferreira de Vigo (Pontevedra), que parece tener las ideas muy clara sobre la industria farmacéutica y sus intereses reales.
Está claro que la salud es un gran negocio, en forma de enfermedades, en forma de pandemias, reales o fictíceas, como la famosa gripe A, ‘creada’ precisamente desde la propia OMS, para engordar a esas multinacionales farmacéuticas. ¿Cuál será el próximo capítulo de esta serie esperpéntica y criminal de la FARMAFIA? Próximamente en tu hogar, por mucho que te resistas…
sábado, 28 de julio de 2012
IMPLICACIONES DE UN FALLO
Tiene razón el editorial de EL TIEMPO “Una nueva arma contra el dengue” Pocos avances tan benéficos como una vacuna, máxime cuando sirve para evitar que millones de personas, que, tristemente, suelen ser las más pobres, se enfermen y mueran por causa de males fácilmente prevenibles como el dengue, la malaria y el cáncer de cuello uterino.
Por eso el fallo en contra de la FIDIC, el instituto de investigación que dirige el Profesor Patarroyo, tiene un efecto devastador para los millones de seres humanos que estas enfermedades matan cada año y del enorme costo económico que significa el tratamiento, cuando se proporciona, de estas personas. Fallo para el que no se consultó ni a la Academia ni a la comunidad científica colombiana.
Para la investigación el golpe es letal. Él y su grupo producen cerca del 40% de la ciencia de punta que se hace en Colombia con poco o ningún presupuesto nacional, a diferencia de las multinacionales farmacéuticas, que disponen de recursos prácticamente ilimitados para publicidad, mercadeo e investigación y desarrollo.
El cierre de la FIDIC significa que el país pierde, además de un porcentaje más que significativo de su producción científica, un centro de investigación de excelencia, en el que se han formado cerca de 50 Doctores y centenares de Magíster, capital humano que difícilmente permanecerá en el país debido a las enormes dificultades que supone hacer ciencia en Colombia. De hecho, muchos de ellos agobiados por las dificultades económicas, ya emigraron hacia países que harán uso para su propio beneficio del conocimiento y la experiencia que nos pertenecen, que debería salvar vidas aquí.
Se pierden 35 años de trabajo, miles de millones de pesos invertidos, equipos de difícil adquisición y costosa materia prima, pero, sobre todo, se pierde la confianza. La comunidad científica y la academia quedan notificadas de que hay intereses frente a los cuales nada significa su trabajo, que son ignoradas en circunstancias en las que su opinión es imprescindible. Y que no se invoque la protección del ambiente o de los recursos naturales como excusa; el gobierno planea entregar 17 millones de hectáreas del Amazonas para explotación minera sin que, con un par de honrosas excepciones, en el país se haya dicho algo sobre lo que esto significa, pese al recordatorio cruel que es el Chocó.
A la ofensiva económica, jurídica y mediática emprendida contra Patarroyo se suma ahora un veto “por razones éticas”, de alguna publicación científica internacional. “Hemos sido contactados por un tercero respecto a su artículo. Se nos sugiere que los experimentos descritos en su manuscrito podrían no cumplir con estándares éticos de la investigación”, se lee en un comunicado reciente mediante el cual se informa que el artículo mencionado, que representa dos o tres años de trabajo intenso y mucho dinero invertido, no se publicará, lo cual demuestra que el tercero de que habla la carta dispone de mucho más que buena voluntad para lograr sus propósitos.
El país no puede permanecer impasible ante lo que representa una tragedia de proporciones catastróficas para los grupos más vulnerables de la población colombiana y mundial, ni puede ignorar el hecho de que para la industria farmacéutica todos somos parte de un vasto mercado en el que no hay concesiones de ninguna especie, so pena de que sean estas compañías las que le pongan precio a la vida de cada uno.
Que no se prohíbe la investigación sino el empleo de los monos con los que se efectúan las pruebas, dice el fallo de la justicia colombiana, es decir, no le prohíben manejar, solo le quitan el carro. Quizá desconozcan los jueces que los monos no se asesinan sino que se tratan y se devuelven a su hábitat natural sanos y en buenas condiciones, a diferencia de dos millones de personas que mata la malaria y de las 3000 mujeres colombianas que mueren cada año por cáncer de cuello uterino.
Fernando Márquez
Por eso el fallo en contra de la FIDIC, el instituto de investigación que dirige el Profesor Patarroyo, tiene un efecto devastador para los millones de seres humanos que estas enfermedades matan cada año y del enorme costo económico que significa el tratamiento, cuando se proporciona, de estas personas. Fallo para el que no se consultó ni a la Academia ni a la comunidad científica colombiana.
Para la investigación el golpe es letal. Él y su grupo producen cerca del 40% de la ciencia de punta que se hace en Colombia con poco o ningún presupuesto nacional, a diferencia de las multinacionales farmacéuticas, que disponen de recursos prácticamente ilimitados para publicidad, mercadeo e investigación y desarrollo.
El cierre de la FIDIC significa que el país pierde, además de un porcentaje más que significativo de su producción científica, un centro de investigación de excelencia, en el que se han formado cerca de 50 Doctores y centenares de Magíster, capital humano que difícilmente permanecerá en el país debido a las enormes dificultades que supone hacer ciencia en Colombia. De hecho, muchos de ellos agobiados por las dificultades económicas, ya emigraron hacia países que harán uso para su propio beneficio del conocimiento y la experiencia que nos pertenecen, que debería salvar vidas aquí.
Se pierden 35 años de trabajo, miles de millones de pesos invertidos, equipos de difícil adquisición y costosa materia prima, pero, sobre todo, se pierde la confianza. La comunidad científica y la academia quedan notificadas de que hay intereses frente a los cuales nada significa su trabajo, que son ignoradas en circunstancias en las que su opinión es imprescindible. Y que no se invoque la protección del ambiente o de los recursos naturales como excusa; el gobierno planea entregar 17 millones de hectáreas del Amazonas para explotación minera sin que, con un par de honrosas excepciones, en el país se haya dicho algo sobre lo que esto significa, pese al recordatorio cruel que es el Chocó.
A la ofensiva económica, jurídica y mediática emprendida contra Patarroyo se suma ahora un veto “por razones éticas”, de alguna publicación científica internacional. “Hemos sido contactados por un tercero respecto a su artículo. Se nos sugiere que los experimentos descritos en su manuscrito podrían no cumplir con estándares éticos de la investigación”, se lee en un comunicado reciente mediante el cual se informa que el artículo mencionado, que representa dos o tres años de trabajo intenso y mucho dinero invertido, no se publicará, lo cual demuestra que el tercero de que habla la carta dispone de mucho más que buena voluntad para lograr sus propósitos.
El país no puede permanecer impasible ante lo que representa una tragedia de proporciones catastróficas para los grupos más vulnerables de la población colombiana y mundial, ni puede ignorar el hecho de que para la industria farmacéutica todos somos parte de un vasto mercado en el que no hay concesiones de ninguna especie, so pena de que sean estas compañías las que le pongan precio a la vida de cada uno.
Que no se prohíbe la investigación sino el empleo de los monos con los que se efectúan las pruebas, dice el fallo de la justicia colombiana, es decir, no le prohíben manejar, solo le quitan el carro. Quizá desconozcan los jueces que los monos no se asesinan sino que se tratan y se devuelven a su hábitat natural sanos y en buenas condiciones, a diferencia de dos millones de personas que mata la malaria y de las 3000 mujeres colombianas que mueren cada año por cáncer de cuello uterino.
Fernando Márquez
sábado, 15 de octubre de 2011
sábado, 2 de abril de 2011
Editorial: Vacunas a la colombiana
>> ver artículo en EL TIEMPO
Por: REDACCIÓN ELTIEMPO.COM | 8:51 p.m. | 01 de Abril del 2011
Lo novedoso de la investigación de Patarroyo y su equipo es la vía que proponen para crear vacunas.
Con expectativa y una prudente cautela: así recibió el mundo el más reciente anuncio del científico colombiano Manuel Elkin Patarroyo y su equipo de la Fundación Instituto de Inmunología de Colombia (Fidic).
No es para menos, si se tiene en cuenta el tamaño de la propuesta de los investigadores criollos, construida paso a paso a lo largo de 33 años y soportada en por lo menos 300 artículos científicos publicados durante ese tiempo, en revistas tan reconocidas como Nature, The Lancet y Journal of Infectious Diseases.
Chemical Reviews, la publicación científica de química de mayor impacto en el mundo científico, divulgó dicha investigación, que postula las bases que permitirían a laboratorios del mundo crear vacunas sintéticas. En otras palabras, da la 'receta' para fabricarlas contra muchas infecciones, en un mundo en el que la resistencia de las bacterias crece y en donde rara vez se investiga para hallar un antibiótico. Eso, per se, es importante. Dos de ellas, producidas a partir de estos principios, ya han sido dadas a conocer en los últimos tres meses por la Fidic: una sintética contra la malaria, que alcanzó, de acuerdo con los investigadores, una efectividad del 90 por ciento en monos Aotus y que será ensayada en humanos. La otra es contra el estreptococo, la bacteria causante de la fiebre reumática, que desarrolló en colaboración con científicos del Brasil.
Lo novedoso del asunto, y por lo cual Patarroyo y su equipo son reconocidos, es la vía que proponen para producir vacunas. Los biológicos con los que hoy se cuenta se elaboran utilizando al microbio causante de la infección (entero, mutado, muerto o fragmentos de él). Cuando estas sustancias se introducen en el cuerpo, estimulan el sistema inmunológico para que produzca defensas contra él. La idea es que cuando la persona vuelva a entrar en contacto con el germen, su organismo pueda defenderse.
El problema es que esta vía de elaboración de vacunas, la biológica, es limitada. Como la gran mayoría de estos microorganismos logran hacerse invisibles para el sistema inmune, este no puede generar defensas contra ellos. Uno de esos patógenos esquivos es el Plasmodium falciparum, causante de la malaria.
Para Patarroyo y su grupo, este parásito es un viejo conocido. En el laboratorio han luchado por décadas, a brazo partido, por descifrarlo, con miras a generar una vacuna para contenerlo.
El trabajo divulgado en Chemical Reviews recoge los resultados de todas esas batallas. Muestra que los investigadores de la Fidic no solo descubrieron la forma como el Plasmodium engaña al cuerpo, sino que identificaron las partículas que dañan al organismo e inventaron la forma de fabricarlas, una por una, en el laboratorio. Luego, las modificaron para que el cuerpo las identifique y reaccione, produciendo defensas suficientes y permanentes que actuarán en caso de que la infección llegue. En teoría, estos principios servirían para elaborar vacunas sintéticas contra más de 500 microorganismos responsables de graves enfermedades, como el dengue y la tuberculosis.
La cautela, hay que insistir en eso, es una norma en ciencia. Es normal que se escuchen voces que critiquen o manifiesten dudas sobre los hallazgos; eso, al igual que los fracasos, forma parte del proceso científico. Pero hasta las críticas deben ser prudentes: si bien Patarroyo ha sido blanco de descalificaciones, no se puede desconocer que, de lejos, es el científico más productivo del país. Engañar a los pares que calificaron esta investigación es más difícil que inventar vacunas. De comprobarse en la práctica este avance, Patarroyo y su equipo le habrán dado un quiebre a la ciencia.
editorial@eltiempo.com.co
Por: REDACCIÓN ELTIEMPO.COM | 8:51 p.m. | 01 de Abril del 2011
Lo novedoso de la investigación de Patarroyo y su equipo es la vía que proponen para crear vacunas.
Con expectativa y una prudente cautela: así recibió el mundo el más reciente anuncio del científico colombiano Manuel Elkin Patarroyo y su equipo de la Fundación Instituto de Inmunología de Colombia (Fidic).
No es para menos, si se tiene en cuenta el tamaño de la propuesta de los investigadores criollos, construida paso a paso a lo largo de 33 años y soportada en por lo menos 300 artículos científicos publicados durante ese tiempo, en revistas tan reconocidas como Nature, The Lancet y Journal of Infectious Diseases.
Chemical Reviews, la publicación científica de química de mayor impacto en el mundo científico, divulgó dicha investigación, que postula las bases que permitirían a laboratorios del mundo crear vacunas sintéticas. En otras palabras, da la 'receta' para fabricarlas contra muchas infecciones, en un mundo en el que la resistencia de las bacterias crece y en donde rara vez se investiga para hallar un antibiótico. Eso, per se, es importante. Dos de ellas, producidas a partir de estos principios, ya han sido dadas a conocer en los últimos tres meses por la Fidic: una sintética contra la malaria, que alcanzó, de acuerdo con los investigadores, una efectividad del 90 por ciento en monos Aotus y que será ensayada en humanos. La otra es contra el estreptococo, la bacteria causante de la fiebre reumática, que desarrolló en colaboración con científicos del Brasil.
Lo novedoso del asunto, y por lo cual Patarroyo y su equipo son reconocidos, es la vía que proponen para producir vacunas. Los biológicos con los que hoy se cuenta se elaboran utilizando al microbio causante de la infección (entero, mutado, muerto o fragmentos de él). Cuando estas sustancias se introducen en el cuerpo, estimulan el sistema inmunológico para que produzca defensas contra él. La idea es que cuando la persona vuelva a entrar en contacto con el germen, su organismo pueda defenderse.
El problema es que esta vía de elaboración de vacunas, la biológica, es limitada. Como la gran mayoría de estos microorganismos logran hacerse invisibles para el sistema inmune, este no puede generar defensas contra ellos. Uno de esos patógenos esquivos es el Plasmodium falciparum, causante de la malaria.
Para Patarroyo y su grupo, este parásito es un viejo conocido. En el laboratorio han luchado por décadas, a brazo partido, por descifrarlo, con miras a generar una vacuna para contenerlo.
El trabajo divulgado en Chemical Reviews recoge los resultados de todas esas batallas. Muestra que los investigadores de la Fidic no solo descubrieron la forma como el Plasmodium engaña al cuerpo, sino que identificaron las partículas que dañan al organismo e inventaron la forma de fabricarlas, una por una, en el laboratorio. Luego, las modificaron para que el cuerpo las identifique y reaccione, produciendo defensas suficientes y permanentes que actuarán en caso de que la infección llegue. En teoría, estos principios servirían para elaborar vacunas sintéticas contra más de 500 microorganismos responsables de graves enfermedades, como el dengue y la tuberculosis.
La cautela, hay que insistir en eso, es una norma en ciencia. Es normal que se escuchen voces que critiquen o manifiesten dudas sobre los hallazgos; eso, al igual que los fracasos, forma parte del proceso científico. Pero hasta las críticas deben ser prudentes: si bien Patarroyo ha sido blanco de descalificaciones, no se puede desconocer que, de lejos, es el científico más productivo del país. Engañar a los pares que calificaron esta investigación es más difícil que inventar vacunas. De comprobarse en la práctica este avance, Patarroyo y su equipo le habrán dado un quiebre a la ciencia.
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